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Líderes que forman líderes: el multiplicador que pocos activan

Escrito por Equipo de redacción de Drew | 22/05/26 12:00

Existe una medida del liderazgo que rara vez aparece en los reportes de desempeño: cuántos líderes ha formado un directivo a lo largo de su carrera. No cuántos proyectos lideró, ni cuántos objetivos superó, sino cuántas personas que estuvieron bajo su influencia se convirtieron, a su vez, en referencias para otros. Esa pregunta, incómoda para muchas organizaciones, es precisamente la que distingue a quienes ejercen un liderazgo con impacto sistémico de quienes lo ejercen de manera individual y centralizada.

El modelo de liderazgo heroico —aquel que concentra en una sola figura el conocimiento, la toma de decisiones y el impulso de los resultados— ha sido durante décadas el paradigma dominante en la gestión empresarial. Su problema no es que sea ineficaz en el corto plazo: con frecuencia lo es. Su problema es estructural: genera organizaciones dependientes de personas clave, frágiles ante la rotación y poco capaces de escalar sin replicar esa misma dependencia en cada nivel.

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El costo invisible de concentrar el liderazgo

Cuando el liderazgo no se distribuye ni se transfiere, queda atrapado. Las decisiones se acumulan en quienes tienen más experiencia, los equipos desarrollan el hábito de esperar orientación en lugar de anticiparse, y la organización pierde la capacidad de operar con autonomía real. Este fenómeno no es menor: las empresas con capacidades sólidas de liderazgo en todos sus niveles alcanzan una rentabilidad un 21% superior, una rotación de personal un 40% más baja y puntuaciones de compromiso un 70% más elevadas en comparación con sus pares, según datos.

El contraste con el modelo centralizado es directo. La investigación académica sobre liderazgo distribuido, señala que la visión exclusivamente individual, carismática y jerárquica está llegando a su fin frente a la complejidad y los desafíos de las organizaciones modernas. Lo que durante décadas se concibió como una fortaleza —tener un líder con todas las respuestas— se convierte, en contextos de alta demanda y cambio acelerado, en un cuello de botella estratégico.

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El multiplicador: un perfil que pocos activan

Investigadores documentaron durante años una distinción fundamental entre dos tipos de líderes. Los primeros concentran su inteligencia, controlan las decisiones y, aunque con frecuencia bien intencionados, terminan limitando el desarrollo de quienes los rodean. Los segundos (los multiplicadores) operan desde una premisa diferente: su rol no es ser la persona más inteligente en la sala, sino hacer que todos en la sala piensen mejor.

A partir del análisis de más de 150 ejecutivos en cuatro continentes, los multiplicadores son líderes que amplifican los resultados de quienes los rodean, actuando como verdaderos "creadores de genios" que multiplican la inteligencia colectiva de la organización. No son simplemente líderes amables o permisivos. Son exigentes, pero de una manera que expande en lugar de contraer. Desafían con preguntas en lugar de imponer con respuestas. Y, sobre todo, invierten deliberadamente en el desarrollo de otros.

Este último punto es el que distingue a los líderes que forman líderes de los que simplemente gestionan equipos. La diferencia no está en la intención, sino en los comportamientos concretos que ese compromiso produce en el día a día.

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Comportamientos que distinguen a quien multiplica

Un líder que forma otros líderes no lo hace de manera accidental ni esporádica. Lo hace a través de prácticas sostenidas que crean las condiciones para que otros crezcan. Cuatro de esas prácticas son especialmente determinantes.

  • La primera es delegar autoridad real, no solo tareas. Hay una diferencia entre asignar trabajo y transferir responsabilidad. El líder que multiplica no retiene la última palabra como garantía de calidad: permite que otros tomen decisiones, asuman consecuencias y aprendan del resultado. Cuando los líderes no devuelven la responsabilidad, crean organizaciones dependientes. La autonomía sostenida en el tiempo es lo que construye criterio, y el criterio es la materia prima del liderazgo.

     

  • La segunda práctica es hacer del error un insumo de aprendizaje. Las culturas que desarrollan líderes son aquellas donde equivocarse en el proceso de crecer no genera consecuencias paralizantes. Esto no significa ausencia de estándares, sino un enfoque distinto sobre cómo se evalúa el desempeño: no solo en función del resultado, sino del proceso de razonamiento y de la capacidad de extraer aprendizaje de la experiencia.

     

  • La tercera es visibilizar el potencial antes de que sea evidente. Los líderes que multiplican tienen una habilidad particular para ver en sus colaboradores capacidades que estos aún no perciben en sí mismos. Los asignan a desafíos que los estiran, los exponen a conversaciones que amplían su perspectiva y los acompañan en el proceso sin sustituirlos. Las empresas con mejores resultados de crecimiento colocan a sus empleados de mayor rendimiento en posiciones más visibles y desafiantes, en lugar de asignarlos a las partes más maduras y estables de la organización. 

     

  • La cuarta práctica es el acompañamiento explícito: mentoreo, conversaciones de desarrollo, retroalimentación honesta y periódica. No como rituales administrativos, sino como actos de inversión. Las empresas con sistemas sólidos de desarrollo de liderazgo logran resultados empresariales un 37% superiores y tasas de éxito en transiciones de liderazgo un 38% más altas que aquellas que no los tienen, según investigaciones.

     

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El impacto sistémico: por qué esto transforma organizaciones

La consecuencia más importante de un líder que forma líderes no es personal, sino organizacional. Una organización donde el liderazgo se desarrolla en múltiples niveles es menos frágil ante la partida de personas clave, más capaz de escalar sin perder calidad de gestión y más resiliente ante contextos de cambio. Es, en términos concretos, una organización que no depende de individuos sino de capacidades instaladas.

Este principio está en la base de algunos de los modelos organizacionales más sólidos. Empresas como Google han construido culturas donde el 70% de sus líderes participan activamente en programas de desarrollo, mientras que IBM ha combinado mentoreo con capacitación continua, logrando un aumento del 30% en la retención de talento y una mejora significativa en innovación organizacional.

La lógica de fondo es clara: cuando el liderazgo se entiende como algo que se ejerce sobre otros, el impacto es lineal. Cuando se entiende como algo que se multiplica a través de otros, el impacto es exponencial.

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La pregunta que debería hacerse todo directivo

Saber cómo desarrollar líderes dentro de tu organización no comienza con un programa de formación ni con una iniciativa de recursos humanos. Comienza con una pregunta que cada directivo debería hacerse con honestidad: ¿las personas que trabajan conmigo están creciendo en su capacidad de liderar, o están creciendo en su dependencia hacia mí?

La respuesta a esa pregunta define si un líder está construyendo algo que dura o algo que solo funciona mientras él está presente. Las organizaciones más sólidas no se sostienen sobre la figura de un gran líder. Se sostienen sobre la cantidad y calidad de líderes que ese gran líder fue capaz de formar a lo largo del tiempo.

Ese es el multiplicador que pocos activan, y el que más diferencia hace.