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Mucha estrategia, poca ejecución: el riesgo que nadie ve

Escrito por Equipo de redacción de Drew | 9/01/26 12:00

En muchas organizaciones, la estrategia ocupa un lugar central en el discurso corporativo. Se diseñan planes ambiciosos, se definen objetivos inspiradores y se construyen presentaciones sólidas que proyectan crecimiento, innovación y transformación. Sin embargo, meses después, la realidad suele ser otra: iniciativas que se diluyen, proyectos que no avanzan y equipos que sienten que “otra vez” las prioridades cambiaron. Este fenómeno, tan frecuente como silencioso, responde a una problemática estructural conocida como la brecha entre estrategia y ejecución.

El riesgo no está en pensar estratégicamente, sino en hacerlo sin considerar cómo esa estrategia se sostendrá en la práctica cotidiana. Cuando la ejecución no se diseña desde el inicio, incluso los mejores planes corren el riesgo de convertirse en declaraciones de intención sin impacto real.

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Cuando la estrategia se queda en el PowerPoint

Uno de los errores más comunes en los procesos de planificación es suponer que una buena estrategia se ejecutará sola. Se invierte tiempo en análisis de mercado, definición de objetivos y alineación directiva, pero se deja la implementación librada a la inercia organizacional. El resultado suele ser una estrategia clara en la cúpula, pero difusa o inexistente en los niveles operativos.

En estos casos, los equipos reciben mensajes generales —“tenemos que ser más ágiles”, “debemos crecer en nuevos mercados”, “la innovación es prioridad”— sin una traducción concreta a tareas, decisiones y responsabilidades. La estrategia existe, pero no baja. Y lo que no baja, no se ejecuta.

La brecha entre estrategia y ejecución no aparece de un día para otro. Se construye lentamente, a partir de decisiones que priorizan el diseño conceptual por sobre la viabilidad operativa.

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Por qué la ejecución suele fallar, incluso con buenos planes

Contrario a lo que se suele pensar, los problemas de ejecución rara vez se deben a la falta de talento o compromiso. En la mayoría de los casos, fallan porque la organización no está preparada para sostener lo que decidió estratégicamente.

Entre los motivos más frecuentes se encuentran estructuras que no acompañan los nuevos objetivos, roles poco claros, sobrecarga operativa y sistemas de seguimiento inexistentes o ineficaces. A esto se suma una cultura que premia la urgencia diaria por encima de la disciplina de largo plazo.

Además, muchas estrategias se diseñan como si la organización fuera estática, cuando en realidad opera en un contexto dinámico, con cambios constantes, recursos limitados y múltiples prioridades compitiendo entre sí. Sin una lógica clara de foco y secuencia, la ejecución se fragmenta y pierde fuerza.

 

 

La ejecución empieza en el diseño estratégico

Cerrar la brecha entre estrategia y ejecución requiere un cambio de enfoque: dejar de pensar la ejecución como una etapa posterior y empezar a integrarla desde el diseño estratégico. Esto implica preguntarse, desde el inicio, si la organización cuenta con las capacidades, los procesos y el tiempo necesarios para llevar adelante lo que se está proponiendo.

Una estrategia madura no solo define qué se quiere lograr, sino también cómo se va a sostener en el día a día. Incluye decisiones explícitas sobre prioridades, renuncias y ritmos. Porque ejecutar bien también es saber qué no hacer.

Diseñar con ejecución en mente obliga a bajar el nivel de abstracción y entrar en conversaciones más incómodas, pero necesarias: ¿quién será responsable?, ¿qué procesos deben ajustarse?, ¿qué proyectos actuales deberán detenerse para liberar capacidad?

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Planes bien intencionados que nunca se materializan

En muchas empresas abundan ejemplos de iniciativas que nacen con entusiasmo y mueren por agotamiento. Programas de transformación digital que no cuentan con tiempo operativo real, planes de innovación sin recursos asignados o estrategias de crecimiento que no consideran la capacidad de los equipos comerciales.

Estos planes no fracasan por falta de visión, sino por exceso de optimismo. Se asume que la organización puede hacer “un poco más” sin revisar lo que ya está haciendo. Así, la ejecución se vuelve una carrera de fondo sin descanso, donde la fatiga termina ganando.

La consecuencia es doble: por un lado, se pierden oportunidades estratégicas; por otro, se erosiona la credibilidad del liderazgo. Cada plan que no se ejecuta debilita la confianza de los equipos en las decisiones futuras.

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Estructuras, roles y seguimiento: los pilares invisibles

Una ejecución sólida necesita soportes claros. La estructura organizacional debe acompañar la estrategia, no obstaculizarla. Cuando los roles no están alineados con las prioridades estratégicas, la ejecución se vuelve difusa y dependiente de esfuerzos individuales.

Del mismo modo, el seguimiento no puede limitarse a reuniones esporádicas o indicadores aislados. Ejecutar implica medir avances, detectar desvíos y ajustar decisiones en tiempo real. Sin un sistema de seguimiento claro, la estrategia pierde tracción y se diluye en la operación diaria.

Aquí aparece un rol clave del liderazgo: no solo impulsar la estrategia, sino crear las condiciones para que se ejecute de forma sostenida, sin depender del heroísmo de los equipos.

 

 

Liderar la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace

Cerrar la brecha entre estrategia y ejecución también es un acto de coherencia. Los líderes envían señales permanentes a través de sus decisiones, prioridades y conversaciones. Si la estrategia dice una cosa, pero el día a día premia otra, la ejecución seguirá el camino de menor resistencia.

Por eso, liderar la ejecución implica alinear discurso, estructura y comportamiento. Significa proteger el foco estratégico frente a la urgencia, revisar cargas de trabajo y habilitar espacios reales para que la estrategia se convierta en acción.

La ejecución no es un problema técnico: es un desafío cultural. Requiere disciplina, claridad y constancia. Y, sobre todo, una mirada realista sobre lo que la organización puede sostener en el tiempo.

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Estrategia que se ejecuta, estrategia que transforma

En contextos cada vez más inciertos, la ventaja competitiva no está solo en diseñar mejores estrategias, sino en ejecutarlas mejor. Las organizaciones que logran cerrar la brecha entre estrategia y ejecución son aquellas que entienden que planificar no es proyectar deseos, sino construir caminos posibles.

Diseñar con ejecución en mente no limita la ambición; la hace viable. Porque una estrategia que se ejecuta, aunque sea imperfecta, transforma más que un plan brillante que nunca sale del papel.