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Hacer menos, pero mejor: una decisión estratégica

Escrito por Equipo de redacción de Drew | 26/01/26 12:00

En muchas organizaciones, planificar suele confundirse con acumular. Más proyectos, más objetivos, más iniciativas, más urgencias. La sensación de avance se asocia al volumen de acciones, no necesariamente al impacto que generan. Sin embargo, en contextos de alta complejidad, cambio constante y recursos limitados, la verdadera ventaja estratégica no está en hacer más, sino en elegir mejor. Reducir iniciativas no es una señal de debilidad: es una muestra de madurez organizacional.

Este artículo propone cuestionar la lógica de la saturación permanente y reflexionar sobre el valor estratégico del foco. Hacer menos, pero mejor, no solo mejora resultados: protege a los equipos, ordena prioridades y fortalece la ejecución en el largo plazo, especialmente en entornos competitivos como los de planificación en B2C.

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La tendencia a acumular: cuando planificar se vuelve sumar

Muchas empresas planifican como si el principal riesgo fuera quedarse cortas. Ante la incertidumbre, la reacción suele ser agregar: nuevos lanzamientos, campañas paralelas, objetivos ambiciosos para cada área, proyectos transversales que se superponen. La planificación se convierte en una lista extensa de “cosas por hacer”, sin un criterio claro de jerarquización.

Esta lógica responde a varios factores. Por un lado, existe una presión cultural por mostrar movimiento constante: estar ocupados se confunde con ser productivos. Por otro, hay una dificultad real para priorizar en entornos donde todo parece importante y urgente. A esto se suma el temor a decir que no: cancelar o postergar iniciativas suele vivirse como un retroceso o una señal de falta de ambición.

El resultado es una planificación cargada de buenas intenciones, pero pobremente ejecutable. Los planes se llenan de proyectos que compiten entre sí por tiempo, atención y recursos, debilitando el impacto de todos.

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El costo oculto de la saturación organizacional

La acumulación de iniciativas tiene un costo que rara vez se explicita en los procesos de planificación. No aparece en los presupuestos ni en los cronogramas, pero se manifiesta de forma constante en el día a día de los equipos.

Uno de los efectos más visibles es la dispersión. Cuando las personas trabajan sobre demasiados frentes al mismo tiempo, la calidad de ejecución se resiente. Las decisiones se toman de manera reactiva, los detalles se descuidan y los aprendizajes se diluyen porque no hay tiempo para evaluar ni ajustar.

Otro impacto relevante es el desgaste. La saturación sostenida genera fatiga, cinismo y pérdida de compromiso. Los equipos sienten que nunca llegan a cumplir del todo, que siempre hay algo más pendiente, algo que quedó a medias. Con el tiempo, esto erosiona la motivación y afecta directamente la performance.

Además, la sobrecarga dificulta la coordinación. Cuantos más proyectos simultáneos existen, mayor es la fricción entre áreas, la superposición de esfuerzos y los conflictos de prioridades. La organización se vuelve ruidosa, menos clara y más costosa de gestionar.

 

 

El foco estratégico como multiplicador de impacto

Frente a este escenario, el foco estratégico aparece como una decisión clave. Elegir pocas prioridades no implica renunciar a la ambición, sino canalizarla de manera más efectiva. Cuando una organización define con claridad qué es verdaderamente importante, puede asignar mejor sus recursos y sostener el esfuerzo en el tiempo.

El foco permite profundidad. En lugar de repartir energía en múltiples iniciativas, los equipos pueden concentrarse en hacer bien lo que realmente mueve la aguja del negocio. Esto mejora la calidad de las decisiones, acelera los aprendizajes y aumenta la probabilidad de lograr resultados concretos.

En contextos de planificación en B2C, donde el mercado es dinámico y la atención del consumidor es limitada, el foco cobra aún más relevancia. Las marcas que intentan estar en todos lados suelen diluir su propuesta de valor. En cambio, aquellas que eligen con claridad qué batallas dar y cuáles no, logran mayor coherencia y diferenciación.

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Decidir qué no hacer: el rol clave del liderazgo

Hacer menos, pero mejor, no es una decisión técnica: es una decisión política y cultural. Requiere liderazgo. Son los líderes quienes deben asumir la responsabilidad de priorizar, de ordenar y, sobre todo, de decir que no.

Decidir qué no hacer implica tolerar cierta incomodidad. Supone aceptar que no todas las oportunidades se pueden aprovechar, que no todos los pedidos se pueden atender y que no todas las ideas valiosas entran en un mismo período de planificación. Pero esa renuncia es, justamente, lo que permite sostener la estrategia.

Un liderazgo maduro entiende que proteger el foco es proteger a la organización. Esto implica revisar periódicamente las iniciativas en curso, cancelar proyectos que ya no aportan valor y evitar sumar nuevas urgencias sin revisar las existentes. También supone comunicar con claridad las prioridades, para que los equipos entiendan por qué algunas cosas avanzan y otras no.

 

 

Menos iniciativas, más coherencia organizacional

Cuando una empresa reduce la cantidad de frentes abiertos, gana coherencia. Las áreas pueden alinearse mejor, las decisiones se vuelven más consistentes y el mensaje hacia adentro y hacia afuera se fortalece. La estrategia deja de ser un documento para convertirse en una guía real de acción.

Esta coherencia es una ventaja competitiva difícil de copiar. Mientras muchas organizaciones se mueven de tendencia en tendencia, acumulando iniciativas inconexas, aquellas que sostienen un foco claro construyen identidad, confianza y eficiencia.

Hacer menos no significa quedarse quietos. Significa moverse con intención. Significa elegir dónde poner la energía y dónde no, sabiendo que cada decisión de priorización es, al mismo tiempo, una decisión de renuncia.

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Una mirada editorial: la madurez de elegir

En un mundo que premia la hiperactividad, hacer menos, pero mejor, es casi un acto contracultural. Sin embargo, es una de las decisiones más estratégicas que puede tomar una organización. No se trata de bajar objetivos, sino de alinearlos con la capacidad real, el contexto y la estrategia de largo plazo.

Las empresas que logran sostener este enfoque entienden que el verdadero crecimiento no viene de la acumulación, sino de la consistencia. Que el impacto no depende de cuántas cosas se hacen, sino de cuán bien se hacen las que importan.

En definitiva, elegir hacer menos no es resignar ambición. Es redefinirla. Y en ese gesto, muchas veces, se juega la diferencia entre sobrevivir ocupados o competir con ventaja.