César Raúl Mochón era abogado y veraneante habitual de Punta del Este cuando, en 1976, un amigo lo llevó a ver un terreno en Portezuelo. La zona quedaba lejos de lo que entonces era Punta del Este. Había disputas legales con el Estado por una parte del predio, que finalmente liberó el resto y se quedó con 150 hectáreas para el Parque Nacional Lussich. Mochón adquirió lo que quedó disponible y se convirtió, sin haberlo planeado del todo, en desarrollador inmobiliario.
Los comienzos no fueron sencillos. Empezaron con un proyecto de barrio privado, vendieron los primeros lotes y la crisis argentina paralizó las obras. Tuvieron que pasar tres años para que alguien les propusiera la idea del tiempo compartido. En 1983, con siete cabañas, una pileta y una cancha de tenis, nació el primer producto viable de Solanas. Para finales de los años 80 y principios de los 90, el tiempo compartido era un boom. La primera manzana se llenó y empezaron con la segunda. Era un proyecto chico y acotado, pero funcionaba.
Esa etapa terminó abruptamente con la crisis de 2001. El modelo de tiempo compartido dependía de que los clientes pudieran pagar cuotas y expensas con regularidad. Cuando la crisis hizo que el 50% de la base de clientes no pudiera sostener esos compromisos, el modelo colapsó. Y con esa crisis llegó la primera gran reinvención.
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La crisis de 2001 no solo forzó una decisión financiera: forzó un cambio de modelo. El tiempo compartido ya no funcionaba y empezaron a pensar más en la opción inmobiliaria. En 2003 arrancó Green Park, un proyecto de 18 edificios con lago artificial, piscina y gimnasio. Era la primera vez que Solanas vendía propiedad horizontal.
Ese giro fue más significativo de lo que parece. El tiempo compartido genera ingresos por cuotas y compromete al comprador a un régimen de uso. La propiedad horizontal le da al comprador un activo propio y a Solanas un ingreso por venta que no depende de que el cliente siga pagando año tras año. La relación comercial cambió de naturaleza: de suscripción a transacción inmobiliaria con valor de reventa.
Green Park fue seguido por Design Village, el primer barrio privado del complejo, con 250 lotes en 40 hectáreas. Después vinieron Garden View y, progresivamente, los distintos sectores residenciales que hoy componen el complejo: Crystal View, Gardens View, Solanas Village, Design Village. Cada uno con su lógica de producto, su target y sus amenidades propias. El problema que ninguno de esos proyectos resolvía por sí solo seguía siendo el mismo: la estacionalidad.
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En el centro de las 170 hectáreas de Solanas había un terreno que todavía no tenía destino. Fue en ese espacio donde llegó la alianza que cambiaría la escala del complejo: Crystal Lagoons Corp, la empresa chilena especializada en lagunas artificiales navegables que habitualmente trabaja en lugares sin acceso al mar.
La lógica de traerla a Solanas —que tiene playa a 300 metros— fue diferente: queríamos tener la playa adentro del complejo, porque si bien teníamos el servicio de playa siempre tuvimos la ruta de por medio. La laguna de cuatro hectáreas, con 400 metros de largo por 100 de ancho, convirtió a Solanas en un resort con playa propia. A eso se sumó un parque de toboganes desarrollado con la empresa que hace los parques de agua de Disney, una pileta climatizada en Forest Lagoon y un complejo deportivo con canchas de fútbol y paddle que atrae torneos sudamericanos en temporada baja.
La alianza con Crystal Lagoons es el primer ejemplo claro del modelo que Solanas fue perfeccionando: aportar tierra y base de clientes; el socio aporta know-how y operación. Solanas no necesitó convertirse en experto en lagunas artificiales ni en parques acuáticos. Necesitó identificar qué socios podían agregar valor a su producto y estructurar las alianzas para que eso ocurriera sin perder el control del desarrollo general.
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Punta del Este tiene un problema estructural que todos los operadores del sector conocen: la temporada alta concentra la demanda en diciembre, enero y febrero. El resto del año, la ocupación y el movimiento comercial caen de forma significativa. La respuesta más frecuente del sector es operar en temporada, reducir costos en invierno y ofrecer descuentos para atraer visitantes fuera de pico.
Solanas tomó un camino diferente. En lugar de bajar el precio para llenar el complejo fuera de temporada, decidió construir las condiciones para que las familias eligieran vivir en Maldonado todo el año. La pregunta no fue "¿cómo llenamos los apartamentos en julio?" sino "¿qué le falta a esta zona para que alguien quiera vivir acá permanentemente?"
La respuesta fue metódica. Si falta comercio de proximidad, se trae Tienda Inglesa. Si falta una propuesta gastronómica y de servicios, se construye el open mall de cinco hectáreas con más de 20 locales. Si falta educación de calidad, se desarrolla Areteia Solanas School, con obras que comienzan en 2027 y apertura proyectada para 2028. Si falta actividad en temporada baja, el complejo deportivo que atrae torneos sudamericanos la genera. Si falta capacidad para eventos corporativos, el centro de convenciones para 1.000 personas lo resuelve.
Cada una de esas inversiones no es un servicio para turistas: es una condición para la residencia permanente. Gustavo Mochón, CEO del Grupo, lo confirma explícitamente: se trata de una inversión estratégica pensada para acompañar el crecimiento sostenido de la zona y responder a la demanda de quienes viven, trabajan y visitan el área durante todo el año. El resultado visible de esa estrategia son las casi 100 familias que ya residen en forma permanente en Solanas. Ese número, pequeño en términos absolutos, es el indicador más claro de que la diversificación está funcionando: hay personas que eligieron Solanas no como destino de verano sino como lugar donde vivir.
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La decisión de sumar un colegio bilingüe al complejo merece un análisis separado porque rompe con la lógica de lo que se espera de un desarrollador inmobiliario. Daniel Mochón lo explica sin rodeos: hay gente que se quiere mudar en forma permanente pero no lo hacen por el tema educativo. El colegio no es un servicio para los propietarios actuales: es la condición que desbloquea la decisión de residencia de los que todavía no compraron.
La alianza para el colegio —con una institución educativa de Nordelta, Buenos Aires— replica el mismo modelo de Crystal Lagoons: Solanas aporta tierra, infraestructura y base de clientes; el socio aporta el know-how educativo y la operación. Es un servicio fundamental, por eso buscan gente seria que sepa sobre el asunto. No intentan convertirse en operadores educativos: identifican al socio que puede hacerlo bien y construyen la alianza.
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Solanas no intentó llenar el complejo en julio con precios más bajos. Identificó qué le faltaba a la zona para que alguien eligiera vivir ahí todo el año y construyó exactamente eso. Para cualquier empresa con dependencia estacional —o con dependencia de un único producto, canal o tipo de cliente—, la pregunta correcta no es "¿cómo vendemos más en los períodos bajos?" sino "¿qué condición falta para que el cliente nos elija de forma más permanente?" Son preguntas distintas y producen respuestas radicalmente diferentes.
Solanas no opera lagunas artificiales, no fabrica toboganes para parques acuáticos, no tiene directivos con formación educativa. Tiene tierra, base de clientes y la capacidad de identificar qué socios pueden agregar valor a su propuesta y estructurar alianzas que funcionen para ambas partes. Para empresas B2B, el equivalente es identificar qué capacidades complementarias necesita la propuesta para dar el siguiente salto y buscar socios que las tengan, en lugar de intentar desarrollarlas internamente desde cero.
La crisis argentina de los 80 precipitó el tiempo compartido. La crisis de 2001 forzó el giro al condominio. La pandemia aceleró la llegada de nuevos residentes a Maldonado y creó la demanda que Solanas estaba construyendo infraestructura para atender. Ninguna de esas reinvenciones fue planeada con anticipación en todos sus detalles: fueron respuestas a presiones reales que obligaron a replantear el modelo. Para cualquier empresa, la lección no es que las crisis son buenas: es que las organizaciones que tienen la disciplina de preguntar "¿cómo reinventamos el modelo desde aquí?" en lugar de "¿cómo volvemos a lo que funcionaba antes?" son las que emergen de cada ciclo con un negocio más robusto.
La historia de Solanas no es la historia de un resort que creció. Es la historia de una familia que se hizo la misma pregunta cinco veces en cincuenta años —¿qué le falta a este lugar para que la gente quiera quedarse?— y cada vez encontró una respuesta diferente. Del tiempo compartido al condominio, del condominio al resort con Crystal Lagoon, del resort a la microciudad con comercio, educación y deportes: cada etapa resolvió el problema que la anterior no podía.
Lo que hace que el caso sea relevante más allá del sector inmobiliario es que su lógica central es transferible: diversificar un modelo de negocio no es agregar productos o servicios al azar. Es identificar qué condición falta en la propuesta actual para que el cliente te elija de forma más completa, más permanente o más profunda, y construir exactamente esa condición. Esa es la diferencia entre la diversificación que fortalece el modelo y la que lo complica sin agregar valor.
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